4 Nov 2013

La Santa Inquisicion

*LA SANTA INQUISICION*


Esta época va del año 1000 alrededor de 1700, tiempo en el cual innumerable número de brujos fueron asesinados por el uso inadecuado en la aplicación de textos bíblicos. Tal vez uno de los versículos más comúnmente usados para apoyar estos asesinatos se encuentra en - Éxodo  22:18 A la hechicera no dejarás que viva-
La Iglesia Católica Romana la cual se encontraba en el poder en los tiempos Medievales fue con frecuencia muy opresiva. Hoy día, los Wiccanos con frecuencia se identifican a sí mismos con la época de la quema de brujos y juzgan a los Cristianos basados en las atrocidades cometidas por la Iglesia Católica Romana. Desafortunadamente, muchos Wiccanos no entienden que la Iglesia Católica Romana también y durante esa época, persiguió a los Cristianos, torturando a muchos de ellos por no querer someterse a la autoridad y gobierno del Catolicismo Romano. En el Cristianismo, particularmente en la Reforma Protestante, nos referimos a este tiempo como al de “la Inquisición” la cual fue iniciada por el Papa Inocencio VII en 1484. El punto es que la Iglesia Católica Romana no representaba ni representa al Cristianismo, y sus atrocidades cometidas tanto sobre paganos como Cristianos no es la representación verdadera de Cristo Jesús.


Después de Jesucristo, San Pedro, San Pablo y los demás apóstoles desempeñaron el oficio de inquisidores, que transmitieron a los papas y a los obispos sucesores de éstos. Santo Domingo fue a Francia con el obispo de Cisma, del que era archidiácono, se levantó en armas contra los albigenses y consiguió que se encariñara con él Simón, conde de Monforte. El Papa le nombró inquisidor del Langüedoc, donde fundó su orden, que el papa Honorio III aprobó el año 1216, y bajo los auspicios de Santa Magdalena, el conde de Monforte tomó por asalto la ciudad de Beziers, en la que pasó a degüello a todos sus habitantes; en Laval quemaron en una sola vez cuatrocientos albigenses. «En todas las historias de la Inquisición que yo he leído —dice Páramo—, no he encontrado ningún acto de fe tan célebre ni un espectáculo tan solemne. En la aldea de Cazeras quemaron sesenta albigenses y en otra parte ciento ochenta.»
El año 1229 adoptó la Inquisición el conde de Tolosa, y la confió a los dominicos el papa Gregorio IX en 1233; Inocencio IV, el año 1251, la estableció en toda Italia, excepto en Nápoles.
Al principio los herejes no se sometían en el Milanesado a la pena de muerte, de la que tan dignos eran, porque los papas eran poco respetados por el emperador Federico, que poseía ese Estado; pero poco después quemaron a los herejes en Milán, como en las demás partes de Italia, y Páramo observa que el año 1315, habiéndose esparcido algunos millares de herejes por el Cremasque, pequeño territorio enclavado en el Milanesado, los hermanos dominicos hicieron quemar a gran parte de ellos, conteniendo con el fuego los estragos que producía aquella peste.


Como el primer canon del Concilio de Tolosa mandaba a los obispos que escogieran en cada parroquia un sacerdote y dos o tres laicos de buena reputación, que bajo juramento se comprometieran a buscar y a tratar a los herejes en sus casas y en las cuevas donde se pudieran ocultar, avisando en seguida al obispo, el señor del lugar, o su bailío, tornaban todas las precauciones posibles para que los herejes descubiertos no pudieran huir; los inquisidores obraban en aquella época de común acuerdo con los obispos. Las cárceles del obispo y las de la Inquisición casi siempre eran las mismas, y aunque durante el curso del procedimiento el inquisidor obraba en nombre propio, no podía sin la intervención del obispo aplicar el tormento, pronunciar la sentencia definitiva ni condenar a prisión perpetua. Las disputas que frecuentemente ocurrían entre los obispos y los inquisidores acerca de los límites de la autoridad de ambos respecto a los despojos de los sentenciados y sobre otros puntos obligaron al papa Sixto IV, el año 1413, a hacer independiente el tribunal de la Inquisición, separándolo de los tribunales de los obispos. Nombró para España un inquisidor general con amplios poderes para nombrar inquisidores particulares, y Fernando V , en 1478, fundó y dotó las inquisiciones.


A petición del hermano Torquemada, que era gran inquisidor en España, el mismo Fernando V, apellidado el Católico, desterró de su reino a todos los judíos, concediéndoles tres meses para salir de él, contados desde la publicación del edicto, y transcurrido ese plazo les prohibió, bajo pena de la vida, que pisaran el territorio español. Les permitió salir del reino con los efectos y con las mercancías que hubieran comprado, pero les prohibió llevarse monedas de oro y de plata. El hermano Torquemada apoyó este edicto en la diócesis de Toledo, prohibiendo a todos los cristianos, bajo pena de excomunión, dar nada a los judíos, ni aun las cosas más necesarias para la vida.
Después de la publicación de esta ley, salieron de Cataluña, del reino de Aragón y de Valencia y de las demás provincias sujetas a la dominación de Fernando cerca de un millón de judíos, cuya mayor parte murieron miserablemente. Esta expulsión de los judíos produjo a todos los reyes católicos increíble alegría. Algunos teólogos censuraron esta medida que tomó el rey de España, diciendo que no debe obligarse a los infieles a adoptar la fe de Jesucristo, y que esas violencias deshonran nuestra religión. «Pero esos argumentos son muy débiles y yo sostengo que ese edicto es justo y digno de loa; la violencia con que se exige a los judíos que se conviertan no es una violencia absoluta, sino condicional, porque podían sustraerse a ella abandonando su patria. Además, podían corromper a los judíos recién convertidos, y hasta a los mismos cristianos. En cuanto a la confiscación de sus bienes, también puedo decir que fue una medida justa, porque los habían adquirido siendo usureros de los cristianos, y éstos no hacían otra cosa mas que recuperar lo que fue suyo. Además, por la muerte de Nuestro Señor, los judíos quedaron convertidos en esclavos, y todo lo que pertenece a los esclavos pertenece a sus señores.» Tratando en Sevilla de dar un ejemplo de severidad con los judíos, Dios, que saca el bien del mal, permitió que un joven que estaba esperando a una mujer con la que tenía una cita sorprendiera, mirando por las hendiduras de una pared, una asamblea de judíos, y los denunció. Se apoderaron de gran número de esos desgraciados, que recibieron el castigo que merecían. En virtud de diversos edictos de los reyes de España y de los inquisidores generales y particulares establecidos en dicho reino, quemaron en Sevilla, en poco tiempo, cerca de dos mil herejes, y más de cuatro mil desde el año 1482 hasta el año 1520. 


Otros muchos fueron sentenciados a cadena perpetua o sometidos a penitencias de diferentes clases. Hubo allí tan grande emigración, que quedaron vacías quinientas casas, y tres mil entre toda la diócesis, componiendo un total de más de cien mil herejes sentenciados a muerte o castigados de otras maneras, o que se expatriaron para evitar el castigo. De ese modo esos pares devotos hicieron esa gran carnicería de herejes. El establecimiento de la Inquisición en Toledo fue un manantial de bienes para la Iglesia católica. En el corto espacio de dos años quemó cincuenta y dos herejes obstinados, y sentenció por contumacia doscientos veinte; de esto puede conjeturarse la utilidad que prestó la Inquisición desde que quedó establecida. Desde el principio del siglo XV, el papa Bonifacio IX intentó inútilmente instalar la Inquisición en el reino de Portugal, en donde nombró al provincial de los dominicos Vicente de Lisboa inquisidor general. Como algunos años después Inocencio VII nombrara inquisidor de dicha nación al mínimo Didaco de Silva, el rey Juan I escribió al susodicho Papa para decirle que el establecimiento de la Inquisición en su reino se oponía al bienestar de sus vasallos, a sus propios intereses y quizá también al interés de la religión. El Papa, atendiendo a las súplicas de un príncipe demasiado fácil, revocó los poderes que había concedido a los inquisidores, y autorizo a Marc, obispo de Sinigaglia, para absolver a los acusados, y éste los absolvió. Repusieron en sus cargos y dignidades a los que estaban privados de unos y de otras, y muchísimas gentes se vieron libres del temor de que les confiscaran los bienes.
«Pero son admirables los medios que utiliza al Señor para que se cumplan sus designios continúa diciendo Páramo; lo que los soberanos pontífices no pudieron conseguir a pesar de su empeño, el rey Juan III lo consiguió por medio de un bribón hábil, que Dios utilizó para llevar a cabo una buena obra.» Efectivamente, algunas veces los perversos sirven de instrumentos útiles para realizar los designios de Dios, que no reprueba los beneficios que proporcionan; por eso Juan dijo a Jesucristo: «Señor, hemos visto a un hombre que no es discípulo vuestro que expulsaba los demonios del cuerpo en vuestro nombre, y hemos impedido que lo hiciera.» Jesús le respondió: «No lo impidáis, porque el que hace milagros en mi nombre no dirá mal de mí; y el que no está contra nosotros, con nosotros está.» A continuación refiere Páramo que vio en la biblioteca de San Lorenzo del Escorial un escrito de propia mano del referido Saavedra, en el que explica ese bribón detalladamente que después de falsificar una bula, entró en Sevilla como legado del Papa, con un séquito de ciento veintiséis criados; que escamoteó trece mil ducados a los herederos de un rico señor del país durante los veinte días que permaneció en él, en el palacio del arzobispo, falsificando una obligación de semejante suma, que el señor fallecido reconoció haber tomado prestada al legado durante su estancia en Roma; que en cuanto llegó a Badajoz, el rey Juan III, al que presentó la falsa credencial del legado del Papa, le permitió establecer los tribunales de la Inquisición en las principales ciudades del reino. Estos tribunales empezaron en seguida a ejercer jurisdicción, y publicaron gran número de sentencias y de condenas de herejes relapsos y de absoluciones de herejes penitentes. Seis meses transcurrieron hasta que se reconoció la verdad de esta máxima del Evangelio: «No hay nada oculto que no se descubra.» El marqués de Villanueva de Barcarrota, caballero español, auxiliado por el señor gobernador de Mora, se apoderó del bribón Saavedra y lo condujo a Madrid. Le hicieron comparecer ante Juan de Tavara, arzobispo de Toledo. Dicho prelado, asombrado de la audacia increíble del falso legado, lo encausó y envió el proceso al papa Paulo III, lo mismo que las actas de las inquisiciones que Saavedra había establecido, en las que constaba el gran número de herejes que había juzgado y las tretas de que se valió para apoderarse de más de trescientos mil ducados. El Papa no pudo dejar de reconocer en la historia sucia de ese bribón la mano de Dios y un milagro de su Providencia; de modo que habiendo establecido Saavedra el año 1546 la congregación de ese tribunal, dándole el nombre de Santo Oficio, Sixto V la confirmó en el año 1588. Todos los autores están acordes con Páramo sobre este modo de establecer la Inquisición en Portugal, menos Antonio de Souza, que en sus Aforismos de los inquisidores no cree en esa historia de Saavedra, bajo el pretexto de que pudo acusarse a sí mismo sin ser culpable, por la gloria que esto podría reportarle, viviendo de ese modo en la memoria de los hombres. Pero Souza, en el relato que hace para contradecir a Páramo, se nos hace sospechoso de tener mala fe al citar dos bulas de Paulo III y otras dos del mismo Papa dirigidas al cardenal Enrique, hermano del rey, bulas que Souza no imprime en su obra y que no están en ninguna colección de bulas apostólicas; estas dos razones son decisivas para no aceptar su opinión y dar crédito a la opinión de Páramo, de Illescas, de Salazar, de Mendoza, de Fernández y de Placentibo.


Cuando los españoles se establecieron en América importaron allí la Inquisición; los portugueses la introdujeron en las Indias en cuanto quedó autorizada en Lisboa, y esto hace decir a Luis de Páramo, en el prefacio, que ese árbol floreciente y verde extendió sus raíces y sus ramas por el mundo entero y produjo los más sabrosos frutos. Poco tiempo después de la invención de la imprenta, el año 1503, dieron a luz en Barcelona una edición de dicha obra, que se repartió a todas las inquisiciones del mundo cristiano. En Roma, en 1518, apareció la segunda edición de la referida obra con anotaciones y comentarios de Francisco Peña, doctor en teología y canonista. He aquí el elogio que hace de ella el editor en la epístola dedicatoria al papa Gregorio XIII: «Al mismo tiempo que los príncipes cristianos se ocupan en todas partes en combatir por medio de las armas a los enemigos de la religión católica y prodigan la sangre de sus soldados para sostener la dignidad de la Iglesia y la autoridad de la sede apostólica, se ocupan también escritores celosos, que trabajan en la oscuridad, en refutar las opiniones de los innovadores y en dar armas y dirigir el poder de la ley contra dichas personas, con el objeto de que la severidad de las penas y la magnitud de los suplicios las contenga en los límites del deber y consigan de ellas lo que no pudo conseguir el amor a la virtud »Aunque yo ocupe el último sitio entre los defensores de la religión, estoy sin embargo animado del mismo celo que todos ellos para reprimir la audacia impía de los innovadores y su horrible perversidad. El trabajo que acompaña a esta dedicatoria es una prueba de lo que estoy diciendo. El Directorio de los inquisidores, de Nicolás Eymeric, obra respetable por su antigüedad, contiene un compendio de los principales dogmas de la fe y la instrucción metódica que deben seguir los tribunales de la santa Inquisición, y los medios que deben emplear para contener y extirpar los herejes. Por eso he creído un deber dedicarla a Vuestra Santidad, que sois el jefe de la república cristiana.» La Inquisición es, como todo el mundo sabe, una invención admirable y completamente cristiana para que gocen de extraordinario poder el Papa y los frailes y para convertir en hipócritas las naciones. Se considera a Santo Domingo como fundador de esta santa institución. Conservamos todavía una patente que dio ese gran santo, concebida en estas palabras: «Yo, hermano Domingo, reconcilio con la Iglesia al llamado Roger, portador de ésta, con la condición de que le azote un sacerdote tres domingos seguidos, desde la entrada de la ciudad hasta la puerta de la iglesia, con la condición de que coma de vigilia toda la vida, de que ayune tres cuaresmas cada año, de que no beba nunca vino, de que lleve el «sambenito» con las cruces, de que recite el breviario todos los días, rezando diez padrenuestros durante el día y veinte a la media noche; con la condición de que de hoy en adelante observe continencia, y de que se presente todos los meses al cura de su parroquia; todo esto bajo pena de ser tratado como hereje, perjuro e impenitente.»Domingo fue el verdadero fundador de la Inquisición, pero Luis de Páramo fue uno de los escritores más respetables y más brillantes del Santo Oficio. Refiere en el título II de su segundo libro que Dios fue el que instituyó el Santo Oficio y que ejerció el poder de los hermanos predicadores contra Adán. Por eso empezó por citar a Adán ante el tribunal: ¿Adan ubi est?, y efectivamente, añade, el defecto de citación hubiera anulado el proceso de Dios. Los trajes de piel que Dios dio a Adán y a Eva fueron el modelo del «sambenito» que el Santo Oficio mandó llevar a los herejes; verdad es que este argumento prueba que Dios fue el primer sastre, mas no por eso es menos evidente que fue el primer inquisidor. Adán fue privado de todos los bienes que poseía en el paraíso terrenal, y por eso el Santo Oficio confisca los bienes de todos los que sentencia. Luis de Páramo nota que los habitantes de Sodoma fueron quemados por herejes, porque la sodomía es una herejía formal. Luego se ocupa de la historia de los judíos, y encuentra en ella en todas partes al Santo Oficio. Jesucristo es el primer institutor de la nueva ley; los papas fueron inquisidores por derecho divino, y luego comunicaron este derecho a Santo Domingo.
Luis de Páramo enumera luego los herejes que sentenció a muerte la Inquisición, y según se cuenta exceden de cien mil. Su libro se imprimió en Madrid el año 1598, con la aprobación de los doctores, con elogios del obispo y con privilegio del rey. En nuestros días no podemos concebir que se hayan dicho horrores tan extravagantes y tan abominables al mismo tiempo; pero en aquella época se consideraban como la cosa más natural y más edificante del mundo. Hacía ya mucho tiempo que el papa Bonifacio IX, a principios del siglo XV, había nombrado hermanos predicadores para que fueran a Portugal, y allí, de ciudad en ciudad, quemaran a los herejes, a los musulmanes y a los judíos; pero estos delegados eran ambulantes, y hasta los mismos reyes se quejaron algunas veces de las vejaciones que les causaban. El papa Clemente VII pretendía que tuvieran residencia fija en Portugal, como la tenían en Aragón y en Castilla, pero hubo varias cuestiones entre la curia romana y la corte de Lisboa, que llegaron a enemistarlas, y lo pagaba la Inquisición, porque no podía establecerse en Portugal. El año 1539 se presentó en Lisboa un legado del Papa, como dijimos y repetimos ahora, que fue allí, según decía, para establecer la santa Inquisición sobre cimientos inquebrantables. Presentó al rey Juan III la credencial del papa Paulo III. Llevaba otras cartas de Roma para los principales dignatarios de la corte, y sus patentes de legado estaban firmadas y selladas y contenían amplios poderes para nombrar un inquisidor general y todos los jueces del Santo Oficio. Este bribón, que se llamaba Saavedra, era un falsificador muy hábil; este arte lo aprendió en Roma, y se perfeccionó en él en Sevilla, de donde acababa de llegar con otros dos tunantes. Gastaba un tren magnífico; tenía a su servicio más de ciento veinte domésticos; para soportar este inmenso gasto, él y sus confidentes tomaron prestadas en Sevilla sumas cuantiosas en nombre de la cámara apostólica de Roma, y el plan que se proponían seguir lo habían concertado con el artificio más deslumbrador. El rey de Portugal quedó sorprendido de que el Papa le enviara un legado a látere sin avisárselo antes. El legado le contestó orgullosamente, diciéndole que cosa tan apremiante como el establecer la Inquisición no podía dilatarla Su Santidad, y que el rey debía considerarse muy honrado de que el primer correo que le trajese tan grata nueva fuera un legado del Santo Padre. El rey no se atrevió a replicarle. El legado, desde aquel mismo día, nombró un gran inquisidor y envió a recolectar los diezmos por todo el reino, y antes que la corte recibiera contestaciones de Roma, había mandado quemar más de doscientas personas y recaudado más de doscientos mil escudos.
A pesar de todo esto, el marqués de Villanueva, caballero español a quien el legado tomó prestada en Sevilla una cantidad considerable sobre billetes falsos, adoptó la resolución de cobrarse por sí mismo, en vez de ir a comprometerse con semejante bribón en Lisboa. El legado estaba visitando entonces las fronteras de España, y el marqués de Villanueva se fue a buscarlo con cincuenta hombres bien armados, se apoderó de él y lo condujo a Madrid. Entonces el bribón quedó descubierto en Lisboa, y el Consejo de Madrid sentenció al legado Saavedra a ser azotado y a diez años de galeras; pero lo admirable de ese suceso fue que el papa Paulo IV confirmó luego todo lo que hizo aquel bribón y rectificó con la plenitud de su poder divino las pequeñas irregularidades que se habían cometido en los procesos, haciendo sagrado lo que hasta entonces fue puramente humano. He aquí cómo quedó fundada la Inquisición en Lisboa y cómo todo el reino admiró a la Providencia.


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